Piel de melocotón
Cuando la lujuria se viste con piel de cordero, se multiplica por infinito el éxito. Si el éxtasis se obtiene con tan sólo una mirada lasciva, y una imaginación calenturienta, el deseo no se reprime con el sueño, el ansia permanece, el ardor vehemente se esconde tras el pecho, tras las circunvoluciones del cerebro, al acecho, emboscado, presto a hacerse el amo al menor resquicio que el razonamiento, - esa ingenua virtud cívica - le de tregua.
Esa extraña criatura que me cruzo en mi senda de cazador, se yergue arrogante, desafiante, retadora, triste y lánguida palidez en su madurez otoñal, y por ende más sensual y exquisita, prohibida, cual especie en peligro de extinción vedada al cazador, el cual con más ansias la persigue.
Ella se desnudó para mí en otoño, sutilmente, con miedo, despacio, espaciando el tiempo, espaciando los días, temblaba todo su cuerpo, su vestido verde rodó por el suelo, afuera, el viento ululaba con fuerza. Le tenía miedo al frío, a las traidoras corrientes de aire helado que le helaban la sangre, que le desnudaban el alma, que le segaban la vida y la dejaban aletargada, dormida, esperando el calor venidero para resucitar su dicha, su esplendor, su naturaleza cálida y primaveral. Se desnudó en otoño. Su cuerpo desnudo, infantil en su madurez, se antojaba frágil, quebradizo, huidizo, si, huidizo en la lejanía de la mirada, solitario a la intemperie, tiritando más allá de un fuego, de una brasas que radiaban su rojo hechizo en el hogar de acero templado que el ladrillo refractario de la chimenea envolvía con pasión de ogro de cuento. Se desnudó en otoño. Se despojó de sus atuendos, sus brazaletes, sus collares, sus pendientes, sus amuletos, y tras su vestido verde, su cuerpo me mostró un picardías pardo, que translucía todo su terso tronco, el castaño de sus ojos, de su pelo, de su cuerpo, se intensificaba tras aquel ropaje etéreo, efímero, que yo sabía que caería derrotado al más mínimo golpe de viento, de caricia de la brisa, de susurro de palabras en el aire.
Pasó en un instante, la vi vestirse poco a poco, muy despacio, cobrando vida, despertando del sueño del letargo, cubriendo su desnudez, haciéndose opaca a mis anhelos, pero llena de vitalidad, genuina, hermosa, como naciendo a la vida de nuevo, el fuego de la chimenea se había consumido, tan sólo quedaban rescoldos añejos, ella se fue vistiendo. La vi bella, más dulce y primorosa que nunca, con un vestido nuevo, un señuelo para múltiples y ávidos don Juanes sedientos de un néctar virginal, inmaculado, guerreros con lanzas afiladas que no dan tregua, que rinden a su presa, que seducen y adulan, que atosigan, que acosan con lisonjas tras las cuales obtienen su premio.
Cuando ella volvió a mí, deshonrada, preñada, aún seguía bella, con su vestido verde, y más apetecible que nunca, madura, vital, entre su cuerpo maduraba el fruto del pecado, cual manzana de la perdición en el paraíso, aquella piel aterciopelada, aquel sabor de su cuerpo, se me mostraba fresca, sensual, irresistible, un deseo intenso de desnudarla, tomar su fruto maduro entre mis manos, acariciar la suave piel de melocotón de su ser, comérmela a besos y abrazos, morder con fruición cada uno de sus instantes de vida, saborear el aroma de su cuerpo, perdonar, olvidar, sentir entre mis dientes, entre mis labios el jugo de sus entrañas, su redondez afrutada.
Cuando contemplo el melocotonero del jardín cuajado de frutos, no puedo dejar de pensar en ella. Dos vidas paralelas. Árbol y mujer, dos seres idénticos. Idénticos en su forma de mostrarme su desnudez otoñal, su vestido verde de primavera y su jugosa y apetitosa carne de melocotón estival.
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Maria -